viernes, 29 de junio de 2018

29 de junio 
MBEYA - TUKUYU 

Había decidido adelantar camino para acercarme  Malawi y así lo hice. Desde un punto de vista práctico fue una buena decisión porque la carretera está en obras a lo largo de muchos kilómetro, con desvíos por tierra y un tráfico elevadísimo, especialmente camiones, y sin arcenes en gran parte del camino. La verdad es que me he evitado mucho polvo y algún que otro disgusto.

En Iringa se dio la casualidad de volverme a encontrar con Damian y Mayella, un matrimonio con el que coincidí en Arusha y que han iniciado un viaje por dos años por diversas partes del mundo. Tremenda la casualidad, la verdad. Lo cierto e que pude disfrutar de su compañía un par de días. Ahora ellos tomaron un autobús a Malawi y yo he vuelto a la carretera a pelear con los coches y la soledad.

Me ha sentado bien adelantar  la salida de Tanzania. Salí de Mbeya esta mañana con el ánimo renovado y con la frontera a 120 kilómetros. 


Se ha producido un cambio radical el el paisaje; esta no es la Tanzania de la sabana que he venido recorriendo. Ahora me encuentro entre montes con valle muy fértiles y donde todos los rios que he visto llevan agua, algo imposible de ver hasta ahora. Esto es tierra de agricultores. 



Se les ve por la carretera portando azadas y maquinas de sulfatar. A lo largo de 70 kilómetros he visto plantaciones de patata, tomate, repollo, mucho repollo. La carretera está invadida por los agricultores que venden productos de la huerta y no falta de nada. Y  lo más llamativo es ver permanentemente eucaliptos y pinos, algo impensable allá por la sabana. 


Y mucho plátano, enormes extensiones de este producto. En fin, que a veces parecía que viajaba a través de cualqueira de las carreteras y paisajes de la querida Galicia.

A mi paso por todos los pueblos he vuelto a ver lo que ya es una constante, niños, montón de niños ociosos, sin ir a la escuela, solo jugando. Pienso que es un drama que los niños no vayan a clase  y lo agrava el hecho de que el gobierno no ponga los medios para escolarizarlos, incluso con una enseñanza obligatoria. 


Pero lo cierto es que estos chavales están siempre con el ojo en la carretera y no se les escapa que un muzungu camina en bicicleta. Corren a mi encuentro, llaman mi atención y siempre, siempre me saludan. A veces soy yo quien para a saludarlos, y esta mañana lo hice un par de veces porque estaban jugando a dar patadas a una pelota extraña. Les pedí que me la enseñaran y resultó estar hecha de bolsas de plástico atada con cuerdas. La verdad es que tenia una textura como gomosa y era agradable al patearla. Y así el ingenio de los niños es suficiente para paliar la falta de una pelota de goma que nadie tiene por aquí. 

He pedaleado desde las seis  y media de la mañana hasta las tres de la tarde con parada relajada para comer. El tiempo se tornó algo fresco y unas nubes bastante negras fueron motivo suficiente para negarme a dormir en mi tienda de campaña. Alquilé una modesta habitación con sábanas limpias y me he aseado. No digo duchado porque el agua caliente me la trajeron en un cubo, la mezclé con fría y he quedado tan agusto.




miércoles, 27 de junio de 2018

26 de junio - IRINGA

Empiezo el relato de este dia con lo que fue más importante para mi, el haber conocido a una familia de agricultores con los que pasé la tarde y noche del 25 de junio. Fue otra de esas experiencias que yo aprovecho en cuanto puedo para entablar relación con este tipo de personas que suelen represantar bien el paradigma de la humildad, la generosidad y hasta de la pobreza.


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Esa mañana arranqué un dia donde pensaba recorrer algo más de sesenta kilometros hasta mi siguente destino programado, que era Iringa, donde estoy hoy, pero las circunsancias del terreno han hecho que mi etapa fuera lenta y durisima. 

Llevaba dias sin ver el mapa y no tuve en cuenta este puerto de montaña que resultó matador. No tiene unos porcentajes elevados de desnivel pero si es largo como un dia sin probar bocado. 

Ademas,  me sorprendió con el sol alto y una temperatura igualmente elevada.

La cuestión es que llegué a la cima del puerto  molido del cansancio y toda mi idea era parar, montar la tienda y dormir alli mismo sin dar una pedalada más. La suerte fué encontrar a pie de carretera la casita de esta familia de la que hablo. Me acerqué a ellos y pregunté si me podian dar algo de agua para beber. Mi intención era constatar que el agua era buena e inmediatamente pedir permiso para quedarme. 

 Pues sí, el agua aunque turbia me pareció de sabor agradable, y dado que tengo un filtro de carbono para casos así tomé la determinación de acabar alli mismo la etapa del día.


En las inmediaciones de esta vivienda hay alguna más pero sin estar a la vista. Forman una pequeña comunidad donde los intereses son siempre los mismos, la agricultura del maiz y del girasol. Tampoco suele faltar un reducido rebaño de cabras que cada dia uno o más de los niños sacan a pastar por los alrededores.

Por supuesto que lo primero es pedir permiso para quedar a dormir, y eso hay que solicitarlo al jefe del lugar. A mi me habian comentado que preguntara siempre por el termino inglés de "chief" (jefe) pero claro, esta gente solo habla suajili y aqui es donde tengo que tirar del recursos del traductor de google. Al final todo se aclara y este hombre me escribe esto: "mimi ni mwenyekiti wa kitongoji", que traducido es " Soy el presidente del vecindario". Pues ya está, el jefe con una amplia sonrisa me dice que no hay problema y yo me quedo super relajado por tener una soluccion a mi gusto.

El resto del dia se pasó rápido toda vez que aqui oscurece sobre las 18:30 y la falta de luz te manda pronto a la cama.

Vista general de la casa

Estuve curioseando en el entorno de la conunudad. Vi lo que ese hórreo tan particular donde almacenan las mazorcas del maiz, sus cercados para las cabras y muy especialmente el lugar a donde tenian que acudir para traer el agua en garrafas para su uso diario. Pedí a los niños del lugar que me acompañaran hasta la charca de agua.


La verdad es que las reservas son más bien escasas y dado que estamos al pricipio de la temporada seca pronto tendrán que verse obligados a solicitar la ayuda del gobierno para abastecerse.



Este es el almecen de maiz hecho de paja sobre un soporte de troncos de árbol que permite elevarlo y alejarlo del alcance de los roedores.


Pero lo más increible es cuando mi anfitrión me comenta que él va a dormir pegado a mi tienda de campaña, me señala el sitio en el suelo justo delante de mi entrada, para asegurarme que nada me pasará durante la noche. Es decir, él quiere garantizar mi seguridad durmiendo a la puerta de mi tienda. Fue tremendo oir eso. Finalmente lo convencí para que durmiera dentro de su casa, como no podia ser de otro modo.

A la mañana siguiente, a las seis, empecé a recoger mi tienda y toda la familia me rodeaba para despedirme, el matrimonio, tres niños pequeños y una niña de unos doce años que era un cielo de criatura y que llevaba la carga de la casa.

En un aparte agradecí al anfitrión, al jefe de la comunidad, todas las atenciones y puse en su mano una cantidad de dinero como agradecimiento. Aquel hombre se emocionó y le faltó tiempo para contárselo a su mujer. Se enteraron hasta los niños y ya solo pude pasar como buenamente pude un rato muy especial al sentir el agradecimiento tan sentido de aquella madre, especialmente, y del resto de la familia. Si hay un Dios, sé que les echará una manita.
























22 junio MANZASE

22 de junio MANZASE

Nunca me ha gustado el bullicio de las grandes ciudades en general. Por África es aún peor, me pongo nervioso en cuanto entro en una de ellas, tal es el caso de DODOMA. En realidad es una ciudad grande, sin grandeza. El tráfico, la gente en la calle, el bullicio, la tierra y el polvo lo dominan todo. Incluso paseando me invade una especie de desasosiego que me invita a alejarme inmediatamente. Pero aquí no hay circunvalaciones así que en realidad no queda mas remedio que atravesar la ciudad para continuar viaje hacia el sur. 

Así pues hay poco o nada que contar. En realidad nada en los últimos días. Es lógico después de un tiempo recorriendo Tanzania, que dicho sea de paso, es enorme.

Los paisajes de Tanzania que yo recorro son verdes, a veces con árboles altos, a veces pura sabana. Algo rutinario a mi retina. La gente varía muy poco en su carácter salvo cerca de las poblaciones mayores pero eso es común en cualquier lugar del mundo, pienso yo. Total, que a estas alturas  llevo pocas sorpresas respecto a lo vivido desde mi salida de Kenya. Aún me quedan unos cientos de kilómetros hasta llegar a Malawi, y deseo que emociones buenas no me falten.

Camino de Manzase centro la atención en la falta de agua que sufre la población.


Estamos en temporada seca y el lecho de los rios están absolutamente llenos de tierra y arena rojiza. Es algo que ocurre a todo lo largo de mi ruta. La carretera y los caminos se llenan de gente joven y niños en busca de agua; unas veces cerca de la vivienda pero la mayor parte de las veces bastante alejado. Bicicletas carenadas de garafas, personas con un palo que se cuelgan a la espalda cargando una garrafa a cada lado,


niños en fila india, cada cual con su carga ajustada a su tamaño, mujeres con sus bebés a la espalda y dos calderos llenos, uno en la cabeza y otro en su mano. Son como animales de carga caminando torcido buscando un equilibrio. Es habitual encontrar personas en el lecho seco de un río escarbando pozos en busca de los últimos depósitos de agua en lo más profundo del suelo.

Ves estas situaciones y piensas, piensas mucho por comparación con las vidas de los de allá en Europa. No entraré en dar lecciones de moralina a nadie pero un viaje a pie de calle por esas tierras nos removería las conciencias. Ver a criaturas de menos de diez años transportando agua sobre sus cabezas, descalzos, y mal alimentados no te deja indiferente.

En un momento del camino, y utilizando como escusa que un hombre fabrica ladrillos de barro próximo a la carretera, me acerqué, más con la idea de saludar a los niños que transportaban agua en cubos sobre sus cabezas. Bueno, bueno, la que se lió en un momento. Alguno de los mas pequeñitos, en cuanto vieron mi proximidad soltaron los cubos y las garrafas y salieron corriendo para escapar de mi. Uno lloraba y tenía encima el susto de su vida. Me senté sobre la barra de la bicicleta, en actitud tranquila y pasiva y les invité con gestos para que vinieran a saludarme. Les costó, y no todos acudieron, pero una niña más valiente tomó la iniciativa. Mejor que contarlo yo, ver este vídeo cortito.

BUSCANDO DONDE DORMIR
Como siempre me paro y pregunto. Es difícil la comunicación porque la gente por aquí se expresan entre ellos en suajili, su lengua materna. Pero casi siempre surge alguien que habla inglés en mayor o menor medida y le echa voluntad para entenderme a mi, que solo se cuatro cositas en este idioma, y buscar una solucción donde alojarme. En este caso se presentó como salido de no se donde un tiparrón de unos treinta y tantos, muy dispuesto, bien vestido y con don de gentes, se le notaba. Claro, es profesor de escuela y, como en cualquier parte del mundo, alguien normalmente respetado. Pues ya está, no te preocupes, te vienes a mi casa y duermes en tu tienda en un espacio cerrado y protegido. Esta zona es peligrosa - palabras de él - pero no hay problema. Llegamos a su vivienda y me presentó a su mujer y a su hijo, un crío de tres años. También a dos chicas muy jóvenes que vivían en la casa.

Una hora después íbamos en moto a través de caminos interiores a ver a los farmers que trabajaban sus tierras, las del profesor. Me enseña orgulloso su producción de pipas de girasol, una gran cantidad de sacos llenos que luego transformarán en aceite para consumo propio.





Los niños más pequeñitos de la aldea salieron corriendo y llorando desconsoladamente al verme. La mayoría jamas a visto a un hombre distinto y me temen. Me fastidia porque ya era la segunda vez a lo largo del dia. Que a un ñiño yo le cause terror me jode un poco. Afortunadamente las cosas se fueron tranquilizando y hasta nos hicimos alguna foto.

Regresamos a la casa del profesor dando un rodeo y visitando un mercadillo local organizado por y para agricultores del entorno.
El mozungu, o sea, yo, el hombre blanco era  motivo de curiosidad y risitas. Y aunque era un gesto de amabilidad solo usado con quien le caes bien, no acababa de gustarme que mi anfitrión me paseara por el marcado cogiéndome de la mano (jeje). Influencias del mundo árabe, supongo.

sal en bloques
El viajar como viajo te convierte en una persona precavida, observadora y hasta desconfiada. Durante el tiempo que pasé con mi anfitrión vi cosas que no me gustaron. No voy a criticarlo, igual soy injusto pero están fuera de mi modo de ser ideológicamente. Los granjeros de sus tierras eran una especie de asalariados sin salario. Es como cuando en España existía la figura del cacique que te permitía trabajar sus tierras a cambio de una buena parte de la cosecha a modo de impuestos.

Y en la casa donde reside con su familia, aquellas dos chicas, de no más de catorce años, estaban en una condición similar. Eran absolutas servidoras de sus amos. Un detalle: Mi anfitrión tiene el teléfono cargando a metro y medio de donde está tumbado en el sofá. Recibe un mensaje y llama a una de las chicas que se acerca, le da el móvil y espera de pie cual estatua de mármol a que acabe  el señorito de leer el mensaje para colocarle el teléfono en posición de carga. Así al menos  hasta una decena de veces cuando estirar el puñetero brazo hubiera sido suficiente sin joder a nadie.

No olvido el importante detalle de que mi anfitrión presume delante de mi de poseer casa en Dodoma, la gran cuidad, a la que acude los fines de semana. En fin, que da a entender que materialmente y socialmente está buena situación.

SORPRESA MAÑANERA
Advertí que a las seis de a mañana me levantaba. Era viernes así que no había clase al dia siguiente y esta gente tenia el dia libre. Asi pues me sorprendí al ver que antes de esa hora ya se levantaban sin especular con ruidos y movimiento. Salgo de la tienda de campaña, buenos dias, qué tal has dormido... recojo la tienda y ya listo para la partida mi anfitrión se acerca a mi con una libreta y su móvil utilizando el traductor de Google. Rápido entendí que era impoprtante que yo comprendiera bien lo que me decía. Y lo que decia era que le diera mi  email y el wassapp. Y me pedía "una ayuda de 20.000 TZ" como pago, supongo, por los servicios prestados. Joder, que mal me sentó el asunto. ¿Me ofreces ayuda y ahora me quieres cobrar?. Que mira, muchacho, que yo viajo en bicicleta, que duermo en tienda de campaña y que  mi dinero lo necesito para comer. Y todo esto se lo digo chapurreando el inglés, que ya no sé bien si  entendió la parrafada o es que me vio la cara de mala leche que le puse. Joder, abandoné el sitio cabreado como una mona.

23 junio METERA
Aqui hago noche. Es como un oasis en medio de un desierto. Iba a acampar unos kilómetros antes pero ante la pregunta de rigor,  ¿hay donde dormir por aqui? me indican que a tres kilometros. Ni en el mapa venia señalado, en cambio dispone de cuatro pensiones. Y dado que tengo cama, sabana limpia, ducha y hasta lugar para lavar ropa me quedo un dia más para salir descansado.



miércoles, 20 de junio de 2018

19 de junio - BABATI

19 de junio 

Después del atropello, la vuelta a la carretera estuvo llena de miedos e infinitas precauciones. Ahora me resulta difícil no preocuparme cada vez que tras de mi oigo el motor de un coche; aunque dia a dia voy tomando mas confianza.

Han sido jornadas  tranquilas donde ya me habitué al paisaje y a la gente. Salvo en la zona de Arusha que es muy turística, las personas son del mismo carácter simpático y amables. Digo que son distintas porque la influencia del turismo convierte casi todo en material, y es la primera vez que tanto en Kenia como en Tanzania me piden dinero a mi paso por los distintos pueblos, unas veces a cambio de una foto, la mayoria por nada. Los niños tienen memorizado el "maney, maney" y colocan la mano para pedir. Todo es entendible ante el despliegue de medios que se movilizan para atender a ese turista que llega para montarse en un todo terreno, pagar un caro safari y volver a casa con un montón de fotografias para enseñar.


Pasé por un pueblecito llamado Nanja, y la suerte me acabó reservando la sorpresa de encontrarme con un mercado tradicional a ambos lados de la carretera. Se hace cada lunes, y justo ese dia lo era. Por supuesto que algunas mujeres masais intentaron verderme sus abalorios de artesania, pero al verme viajar en bicicleta tampoco insistian demasiado. Lo mejor que pude hacer es bajarme y buscar un lugar donde comer entre tanta gente. Me dio eso la oportunidad de fijarme en ellos y en los productos, basicamente es un mercado para locales donde puedes comprar productos del campo y hasta una cama.

Comiendo, al rato, se sentaron en mi misma mesa cuatro masais imponentes con sus correspondientes mantas-túnica de cuadros rojos y sus inseparables palos. Pidieron una especir de puré de patata, verduras y lo acompañaron con la carne a la brasa que iban cogiendo de una bolsa de plástico que uno de ellos llevaba. Me quedé con las ganas de dos cosas, la una,  probar aquella carne, la otra fue sacarme un selfie con aquellos tiparrones. Lo intenté una sola vez, pero vi que no estaban pora fotos. 

Pasé noche en MAKUYUNI. Pregunto a la policia por un lugar donde montar la tienda, hablo con los vecinos del lugar, me presento y poco a poco establecemos confianza. Un proceso similar es el que sigo siempre. 


Como es habitual, los niños del lugar, tímidos y expectantes al principio, luego empiezan a ayudar y al acabar les falta tiempo para probar aquella casita tan chula que acabamos de instalar.

Poniendo caras ante la cámara
Sacamos fotos, y me voy a dar un paseo por el pueblo. Compro agua, algo de cena y traigo para los niños unos paquetes de galletas que se reparten sin rechistar ante la supervisión de un adulto. .

Masais pastoreando ganado

Pedaleando Hacia Babati alguien me dice que por la zona es posible ver elefantes. Solo el echo de imaginarlo  me emociona. Pero no, no tuve suerte, aunque si vi algunos ejemplares de nú que a mi paso echaban a correr a toda leche. No estuvo mal, con esto, las jirafas, gacelas y avestruces voy ampliando mi zoológico visual particular, en vivo y sin vallas.

Voy a finalizar con un agradecimiento a un hombre llamado Henry, de Babati, que en cuanto me vio entrar en el pueblo se dió cuenta de mis dudas y paró su bicicleta junto a mi para saludarme. Al rato, después de preguntar si quería un  alojamiento caro o barato ya me estaba diciendo que lo siguiera. En fin, que me llevó, habló con la gente del Guesthouse y después de asegurarme que no me cobrarían ni un chelín más caro se despidió no sin antes darme su email y su número de teléfono por si precisaba ayuda durante mi estancia. La verdad es que personajes de este tipo los hay por el mundo y es de agradecer. Cuesta tan poco ser amable con los demás... :-)


domingo, 17 de junio de 2018

17 junio - ACCIDENTE DE TRAFICO

Hoy es mi tercera noche en Arusha. Había programado quedarme un par de días pero por desgracia me vi obligado a estirar la estancia veinticuatro horas.

El día 15 salí temprano de Olaonyosambu. Tranquilo y muy pegado al borde de mi carril proveía una jornada tranquila pero eso fue una ilusión porque esta etapa duró exactamente 13 minutos en tiempo y 1.300 metros recorridos. ¿Porqué tan poco?.

LOS HECHOS:
Por el carril contrario al mio aparece un Toyota Land Crusier, como un coche más de los cientos con los que me cruzo cada día. De pronto, este 4x4, gira y se dirige hacia mi en línea recta cruzando la carretera en diagonal. Yo lo tuve claro, el conductor estaba intentando "gastar una broma" al extranjero. Jamás imaginé que el tipo llegara a golpearme pero así sucedió. Cuando quiso girar y esquivarme ya el espejo retovisor habia impactado en mi brazo derecho lanzándome contra el asfalto de modo absolutamente violento, ya que en realidad no había disminuido la velocidad a la que circulaba. Ya en el suelo, las sensaciones de asombro, rabia, dolor e incredulidad crearon una mezcla que no me vi con fuerza para moverme. Estaba tan  aturdido y desorientado que me sentí morir. Miro mi brazo golpeado y lo veo muy doblado, no lo sentía,  lo que me hizo pensar que estaba destrozado. Aunque casi a punto del desmayo por la bajada de tensión que sufrí intenté levantarme, sin éxito, y quedé tendido sin más opción que esperar no se qué exactamente.

Vehículo que me golpeó
Mientras, el coche siguió adelante y paró a unos trescientos metros mientras me observaban, imagino que si  llego a ponerme en pie se hubieran largado. Giró y volvió por el carril donde yo estaba, observando de nuevo y sin prestarme ayuda. Vuelve a girar y se para delante de mi de nuevo sin bajarse del coche ninguno de sus cuatro ocupantes. Tuve la fuerza suficiente para mirarlos con cara desencajada y pedirles elevando la voz todo cuanto pude un "Help me, please". Se lo volví a repetir y solo entonces abrieron las puerta y se acercaron. Se notaba que tenían un susto en el cuerpo de mucho cuidado, y era normal porque la bromita les salió mal y podría traerles consecuencias desagradables. 

A todo esto, en un intervalo de tiempo tan breve, un montón de gente me tenia rodeado mirándome, absolutamente pasivos. El primero en pasar, inmediatamente después del golpe, fue un tipo en moto al que le importé un carajo.

El espejo quedó roto
En fin, que los capullos del coche intentaban levantarme tirando de mis brazos, del bueno y del  golpeado, no sabia si roto. Imposible, mareo, nauseas... menos mal que aún no había comido nada porque la digestión se me hubiera cortado con seguridad.

Pasado un buen rato, cuando ya pude moverme, cargamos todo mi equipaje en su coche, la bicicleta quedó al cuidado de una gente que vive en la zona y nos encaminamos a buscar asistencia médica a treinta kilómetros en Arusha, que era precisamente mi destino del día.

Todo un desastre. En un pequeño dispensario me recibe una doctora a la que tengo que insistir para que me atienda porque no para de charlar con los tipos que me han atropellado. Entro en la consulta y me pide que me desnude de cintura para arriba. Imaginaba yo que me haría un chequeo de movilidad del brazo para evaluar daños. Que no, agarra la mercromina y me empieza a embadurnar con ella la zona del golpe y las múltiples rozaduras de las rodillas, muy evidentes porque yo llevo pantalón corto. Y nada más, ni un apósito, ni un sencillo cabestrillo para el brazo..., nada, tómate una pastilla de estas cada ocho horas y dos de estas otras cada seis horas y a la puta calle.

Le comento  a mis seudo asesinos que quiero una radiografía toda vez que el dolor era insoportable, aunque ya era claro que rotura de hueso no había. Pero, hete aquí que la policía aparece (nos había parado antes y me habían visto) y comienzan un charloteo con los ocupantes del coche. Que hay que dar parte del accidente. Bueno, y a mi qué, que quiero la radiografía, que me encuentro jodido. Que dice la policía que para ir al hospital general tienes que presentar primero una denuncia del accidente. Joder, no podía creerme que antes que mi propia atención médica tuviera prioridad un trámite burocrático. Insisto y me dicen que imposible. Alucino. Me aparto, me siento dentro del vehículo y les pido que me dejen solo un rato. Pienso y no paro de pensar. Luis, me digo, esto es África, en unos días sales de Tanzania y una denuncia te complicará la vida. Evalúo la situación de mi brazo. Lo observo y esta hinchadísimo pero no está roto. Lo giro para todos los lados comprobando los ligamentos. Calculo que todo va a quedar en un traumatismo grande y un derrame aún mayor. No olvido que tengo mi propio seguro médico privado y que en cualquier momento puedo hacer uso de él. Decido salir y decirle a la policía que no quiero poner la denuncia. que quiero irme a un hotel y descansar y reponerme porque me encuentro bastante traumatizado aún. Uno de los ocupantes del coche que me atropelló me da las gracias visiblemente emocionado. Al cabrón le convenía mi decisión para evitar los problemas que una denuncia le hubiera causado. Tendrá caradura. Aunque lo entiendo, si estuviera en su lugar también yo quedaría aliviado.

Les pedí se trasladado al Gueshouse al que yo tenia previsto ir y les exigí que me pagaran un par de noches de estancia. Evidente mente aceptaron llenos de gozo.

Unos de estos personajes me dice en un momento determinado que no era su intención atropellarme con el coche, que fue involuntario, Que gilipollas. Le dije que lo creía, que siempre pensé que era una terrible y estúpida broma pero ¿te imaginas si me rompes el brazo?. Te imaginas si me matas?. ¿Tienes familia?, pregunto. Sí, contesta. ¿te imaginas en que situación dejas a tu mujer y a tus hijos?. Todo esto se lo traduje con la aplicación de mi teléfono para que no quedara duda. Él lo lee, me mira y asiente con aceptación y mirada de cordero degollado.

Me trasladan al hotel escoltados por dos policías que quieren asegurarse de que llego en perfectas condiciones y me entregan el parte de asistencia médica.

Hoy, cuando escribo esto, han pasado dos días. Mi brazo sigue bastante hinchado a la altura del bicep pero puedo ejercer fuerza y si no hay novedad mañana continúo viaje hacia el sur del país.

Desgraciadamente nadie tuvo la decencia de pedirme disculpas mirándome a la cara.


sábado, 16 de junio de 2018

14 junio 2018 TANZANIA - LONGIDO



13 de junio. 
En LONGIDO hay un Guesthouse llamado Tambo. Dormí en la tienda de campaña aunque tuve que pagar por estar en el recinto. Lo mejor fue la cena ya que, por fin, había un buen plato de espaguetis ante mi junto a un pollo de corral de sabor y textura increíble y alguna cosilla más. Claro, esto por el camino no es normal así que la respuesta está en que me encontré a un grupo de hombres y mujeres canadienses que estaban en el lugar gestionando un proyecto solidario a través del voluntariado. Bueno, cené acompañado, que no es poco teniendo en cuenta los pequeños pueblos donde paro cada final de jornada,

14 de junio
OLAONYOTAMBO

Voy a empezar por reconocer que andar los 50 km de este día me costó una pájara de cuidado, Conseguí llegar a este pueblecito muy, pero que muy cansado, y aunque las pretensiones eran otras el cuerpo dijo basta.

Un muchacho que regenta una pequeña tienda familiar me ofreció lleno de amabilidad un lugar para instalar la tienda justo en el recinto de su vivienda. Y me puse a ello de inmediato para poder relajarme después.

Lo mejor: allí aparece un crío de unos siete años, hermano de mi anfitrión y listo como un águila. Comienza el encuentro con timidez y sin perder de vista a este barbudo que va a instalar no sabe muy bien qué. Bastó pedirle que me ayudara para enseguida perder toda la timidez. Al rato llega un amigo más pequeño y una niña vecina de ellos. 

Y ahí estamos, haciendo equipo y ellos disfrutando como locos y metiéndose en mi tienda. Menuda novedad para ellos





Después de que la tienda quedara instalada y ya con la confianza asentada y la vergüenza desaparecida los chicos se dedican a comprobar la suavidad de mi pelo, cosa que les encanta, ya que el suyo como tanzanos es cortito, rizado  y algo áspero



Con un parroquiano y con Jesica, de la familia de mi anfitrion
El resto de la tarde la pasé sentado en el porche de la misma tienda de mi anfitrión tomando una cerveza y saludando a todo dios, En Tanzania el saludo es continuo, y lo más frecuente si estas parado es que acudan muchos a darte la mano. Y aquí vi la inauguración del mundial de fútbol en un espacio abarrotado pero donde al extranjero le ofrecieron una silla de forma inmediata. Lo dicho, en encanto de gente super educada.




12 de junio - VISITANDO A LOS MASAIS

12 junio 2018
KAJIADO - NAMANGA (Frontera con Tanzania)

La ruta en carretera fue normal, nada destacable hasta exactamente 10 km antes de llegar a Namanga. Estaba cansado, me encontré una gasolinera y decidí pedir permiso para montar la tienda en algún lugar.
Allí estaba Lewis, un chico joven a cargo de una tienda de objetos étnicos masáis. Resulto que vivía a escasos 50 metros de la gasolinera, ya que su padre era el titular de los negocios. Fuimos a su casa y me presentó a Simón y Lázaro, padre y hermano despectivamente. Todo amabilidad, esta familia se centró en que tuviera una buena tarde y hablando de la tienda de objetos étnicos me comentaron que los hacen en unos poblados cercanos sus habitantes masáis. Como me dijo Simón, auténticos masáis, y yo más tarde pude certificar lo.
A este hombre le faltó tiempo para invitarme a caminar hasta estos poblados por carreteras y senderos de tierra. Fue una experiencia no solo inesperada, también algo realmente inolvidable. En el primer poblado nos recibieron solo hombres y niños muy pequeños. Dónde estaban las mujeres no lo sé, y los niños mayores aún estaban en la escuela. Muy emocionante el saludo tan formal de los hombres estrechando la mano y el de los niños, que estaban muy quietecitos hasta que sus mayores les pidieron que nos saludaran. Ellos  se acercaron a cada uno de nosotros con sus cabezas levemente agachadas para que posáramos la mano sobre ellas. Ese es el saludo para los más peques, a los que no se les da la mano. Aún no he olvidado sus ojos grandotes y negros con una mirada mezcla de sorpresa y timidez, su pelo muy cortito y fuerte, sus pies descalzos sobre la tierra roja de poblado y sus vestimentas típicas con unas prendas muy gastadas y tendentes a mimetizarse con la tierra. 

vivienda 
Uno de los hombres me invitó a entrar en su vivienda y de nuevo recibí otra extraña impresión ya que interiormente era verdaderamente reducida. Se componía de tres piezas, una pequeña despensa y almacén, un rinconcito de unos cuarenta centímetros para cocinar donde tal solo había tres piedras sobre el suelo de tierra entre las cuales se prende el fuego y se coloca la olla. Y un dormitorio común con una cama hecha con una especie de somier de palos y lo que me pareció un fino colchón muy artesano y muy deteriorad. Todo absolutamente sencillo a mas no poder. Por supuesto que no tienen luz eléctrica, así que se acuestan poco más tarde de la caída del sol.

Caseta para guardar una cabra o al perro
Me harté de andar hasta llegar al segundo poblado, y aquí solo había un hombre joven  y como ocho mujeres y muchos niños y madres muy jóvenes de hasta quince años.; al parecer sus maridos trabajan en otros asuntos fuera del lugar.

Quizá alguno de ellos sea de los muchos hombres (también mujeres) masáis  que vi por la carretera cortando la hierba anexa a los arcenes con machetes adaptados de punta girada casi noventa grados. Esas son sus guadañas.

Pero lo más increíble de la visita fue cuando vi a una persona sentada a la entrada de su vivienda. Era un hombre envejecido hasta el extremo, delgado como un hilo, solo piel y huesos, su cara era un mapa extraordinario de arrugas muy marcadas. Le temblaba notoriamente la mano derecha y veía mal. Mirarlo causaba entre pena y admiración. Bote pronto le calculé entre ochenta y cinco y noventa años, pero cuando me dijeron la verdadera edad de aquel pequeño gran hombre me quedé pasmado: tenía sesenta y cuatro años. Creí haber entendido mal la edad y pedí que la repitiera. Y si, me confirman que aquel hombre envejecido hasta el límite tan solo era dos años más joven que yo. Me hablaron de  cual fue su tipo de vida, y francamente, nada de lo que me contaron me sorprendió. Hay que tener mucha, muchísima vitalidad para arrancarle a la vida sesenta y cuatro años viviendo en aquel entorno y en esas condiciones.

A la salida del poblado coincidimos con un grupo de niños y niñas que regresaban del colegio. Ellos van a la escuela secundaria, son los mayores. Charlamos un ratito con ellos y compartimos pose para una fotografía. Me contaba más tarde Simón que estos niños se levantan muy temprano y alrededor de las seis de la mañana ya están caminando unos cinco kilómetros por caminos de tierra hacia el colegio. Vuelven sobre las seis de la tarde haciendo el camino de vuelta de igual modo andando. Lo más sorprendente fue oír que en todas esas horas de clase, no comen nada. No me lo podía creer, es algo casi inhumano.

Interior de la escuela de los pequeños

Por cierto, los niños mas chiquitines entre tres a seis - siete  años tienen en las proximidad de sus humildes viviendas una pequeña y paupérrima escuela cubierta con techo de hoja de lata y sin ventanas. Me contaban cuánto calor o cuanto frío pasaban según el día desde el punto de vista meteorolólico.

Justo al lado de esta escuela hay una especie de kiosco donde un matrimonio vende alguna cosilla, mayormente arroz algún cereal y poco más. Me sorprendió ver que tenían luz eléctrica y no pude más que preguntar sobre ello. Habían comprado un panel solar de alrededor de 40x40 centímetros, asociado a una batería de coche donde acumular la energía y una sola bombilla. Entonces..., ¿Porqué los demás no lo tienen?. Es caro, comentan. ¿Cuánto?, pregunto, y en cuanto lo sé, hago un calculo mental para deducir que con tan solo lo que cuestan cuatro cervezas en cualquier bar de nuestro "civilizado mundo" tendían luz en casa casa masai cada noche del año.  

Regresamos a la casa de mi anfitrión y guía por senderos de tierra y piedra. Me pique la frente con esas increíblemente largas espinas que tienen las acacias de la sabana y estuve dos días soportando un dolor molesto. Fue una experiencia maravillosa y sentí que por una vez en la vida me había colocado en la parte trasera del televisor viendo unos de esos reportajes sobre otras culturas. 

11 junio - Salida de Nirobi

11 de junio 2018
NAIROBI - KAJIADO

Todo está en orden, la bicicleta y yo mismo. Toca pues arrancar el viaje verdadero. Mientras me despido de esta familia keniata con la que he convivido tres días, nos hacemos unas fotos para el recuerdo. Qué buena gente y cuanta amabilidad me han dedicado. Muchas gracias.


Es importante ser previsor, y dado que Nairobi es un caos con el tráfico ya tenia reservado alojamiento en un punto no solo cercano al aeropuerto, sino y mas importante, muy cerca de la salida a la carretera de Namanga, dirección a Tanzania, Aún Así, se hace inevitable soltar unos cuantos improperios por la mala leche (que nadie entiende) que te dejan un tanto desahogado. No hay forma, es un mal común que no te respeten en absoluto y que te hagan todas las perrerías pensables. Hoy, algunos vehículos me han pasado tan pegados que pensaba que acabaría contra alguna cuneta. Desgraciadamente algo muy frecuente.

Hice parada en KAJIADO, un pueblo a 60 km de Nairobi. Salvo los conductores, el reto de la gente es super amable y constantemente te llaman Mazungu a tu paso y te saludan de formas varias.

Podía haber continuado pero era la primera etapa y mejor controlar el cuerpo, que lo tenia un poco raro. Resulta que ayer domingo debió haber sido el primer día de bicicleta pero al echar pie de la cama, eran las seis de la mañana, me empecé a sentir fatal y tuve una fuerte bajada de tensión. Quien lo haya padecido alguna vez sabe que inmediatamente te vas a desmayar y caer a plomo al suelo, por eso, y como experto en estos lances, me tire en la cama y pase allí el proceso hasta que me desperté cubierto de un abundante sudor muy frío. Esta es otra de las consecuencias  de la bajada de tensión. Y así, el cuerpo se queda absolutamente baldado, sin fuerzas para nada y solo deseas estar tumbado y dormir. Así pase el domingo, tumbado y bien jodido en la soledad del dormitorio y, obviamente aborté la salida. ¿Cuál fue la causa?, pues ni idea, francamente. Yo creo que debió picarme cualquier bichejo, tal vez una araña. Lo cierto es que unas tres horas antes me habia levantado al aseso y nada me hizo sospechar lo que después ocurrió después. Pero al dia siguiente me sentí con fuerzas y aguanté muy bien la etapa. 

Bien, en este pueblo paré, comí y me senté en la acera a pensar si continuaba. Y como era de esperar, al rato empezaron a llegar hombres (siempre son hombres) hasta que fueron tantos que me rodearon y me machacaron a preguntas. 

Lo normal, vamos. Que de donde eres, que a donde vas, que si la bici es cara, que una foto conmigo... pues eso, lo normal. Al final, siempre sacas el aprovecho de que con la confianza alguien te acompaña en busca de un alojamiento que siendo barato es el más decente. Recuerdo aquí que yo viajo tratando de minimizar gastos adaptándome al lugar y a sus modos de vida, ya sea en el comer, beber, dormir y pasear con ellos o entre ellos.

Y hoy paseé bastante, eso si. Y me sorprendí de ver tanto masai en esta zona con sus típicos palos en la mano como una extensión más de su cuerpo, y muchos con una pala, que supongo que es para trabajar la tierra. En fin, una sorpresa super agradable porque son verdaderamente auténticos, no se ponen ante el turista de torno para recibir una moneda por la foto, no, estos viven en la zona, vienen a abastecerse de víveres y todo lo que necesitan para su vida cotidiana, que dicho sea de paso no parece que sea mucho lo que sus necesidades piden. 

Es fantástico ver a las  mujeres cubiertas de adornos típicos de los masais en cabeza, orejas (mayormente rajadas) brazos y tobillos, todos de fabricación propia, mientras iban de tienda en tienda andando por la calle. Una pasada. Y lo que me espera, porque estoy a solo cien kilómetros del Kilimanjaro y del Masai Mara, donde el pueblo masai allí en bien amplio.
Un buen día, no cabe duda. Lo peor fue despedirme de la familia de alojamiento donde estuve cuatro días en Nairobi, el Safari Homestay, regentado por Rosemary y su marido Willians. Muy buena gente y con unos niños preciosos. Si señor, fue estupendo haber coincidido con ellos.

Mi cama de esta noche

sábado, 9 de junio de 2018

8 junio 2018 Paseando Nairobi

PATEANDO NAIROBI

La visita a la ciudad salió mejor de lo esperado. Mi idea era ir  solamente al Museo Nacional, pero mi anfitriona, Rosemary,  de Safary Homestay tenía que hacer la compra en el Mercado Central y la acompañé en todo el proceso. Dadas las circunstancias fue una suerte pues la experiencia fue impagable.

"Muzungu", así te llaman como extranjero algunas personas ofreciéndome sus mercancías mientras camino por el mercado. El hombre blanco está contento por lo que ve y pisa. Yo, piso agua y barro que me recuerda a los caminos del pueblo de mi infancia. Hay sobre este suelo cientos de puestos de mercancía atendidos por una legión de hombres y mujeres. Nos movemos por estrechos y sinuosos senderos sorteando sacos, cestos, y codos. Hay una riada de gente que pulula como hormigas para un lado y para otro sin un aparente sentido. Pero sí todo está organizado, siguen un caótico orden que te atrapa y te deja boquiabierto.

Y comienza la compra. Rosemary camina y yo detrás de ella sin perderla de vista al tiempo que aprieto contra mí la bolsa con mis pertenecias para no dar facilidades a algún listo de entre la multitud. Casi de inmediato se acerca a ella un chico joven y entablan conversación. Luego ya me di cuenta que era un enlace con alguno de los puestos del mercado y que obtenía una comisión si la compra se hace donde el te indica. Además, y muy importante, iba a ser el porteador de las compras de Rosemary. Así pues, recorremos el mercado buscando la compra. Caminamos mucho y ello me dio la oportunidad de fijarme bien en todo. No creo que haya algún vegetal sobre la tierra que no se pueda conseguir aquí, y ello significa que la explosión de colores es increíble; desde un simple limón hasta caña de azúcar se encuentra de todo. Mi anfitriona regatea el precio en cada puesto, los precios no figuran a la vista. Algunas piezas que le sirven no le gustan y las retira para disgusto del vendedor. Se nota, sin duda, que esta chica ha lidiado mucho en esta plaza, nunca mejor dicho.


Un saco con patatas primero y un montón de bolsas a continuación fueron aumentando el peso que nuestro amigo iba a llevar a la espalda fuera del mercado. Y justo a la salida, el saco es portado por otro al que el primero contrató o subcontrató, que yo ya me estaba perdiendo entre tanta negociación.

En fila india, los tres, Rosemary, yo y el porteador, por este orden empezamos un peregrinaje de unos veinte minutos a pie entre coches y gente cruzando calles embarradas que se iban aclarando a medida que nos adentrábamos más en el centro de la ciudad y las vestimentas del obrero de brega se iban transformando lentamente en prendas más propias de un empleados de oficina,

Solo con esta experiencia no prevista en mis planes de viaje ya me hubiera quedado contento, pero aún me dio tiempo a visitar el Museo Nacional, así que mi anfitriona se fue a otros asuntos y yo pateando la ciudad hasta el museo.

Había leído alguna opinión en foro de viajeros que alguien lo calificaba como de visita prescindible. Afortunadamente me pareció un museo interesante y lo disfruté. Saqué algunas fotos para quien las vea se pueda hacer una idea.

Entro y me encuentro a tamaño natural un elefante y una jirafa. En espacios sucesivos hay un montón de fauna salvaje que impresiona, pero lo "bueno" es que están disecados, así de no hay problema. Que todos los que coincidan en mi camino de los próximos días sean igual de pasivos. Me impresionó el esqueleto de un cocodrilo cuyas vertebras de su columna  eran como mi cabeza. Y para los amantes de la ornitología hay una sala que les debe dejar en shock por lo fantástica que es la colección.

Fin de la visita y regreso andando al lugar donde concerté para regresar a casa. Puedo certificar por experiencia propia que los keniatas son súper amables. A mi me dieron toda clase de explicaciones a cada pregunta mostrando una gran cortesía  y nunca prisa.

La experiencia última del día fue viajar un "matatu" de vuelta al alojamiento. La mini furgoneta no arranca hasta que se llena, incluso, las catorce plazas se convertirán en dieciocho o veinte porque siempre hay un sitio más con buena voluntad y sin que nadie proteste. Nos  apretujados y punto. Es el "hoy por mi y mañana por ti" que se da en otros países de África y Sudamericana. Hay frenazos bruscos que te catapultan hacia delante porque a un aviso de su ayudante, el conductor para para recoger pasajeros o dejarlos en cualquier punto del trayecto. Este ayudante es un tipo peculiar que observa el camino con la cabeza y/o el cuerpo fuera aporreando la puerta para avisar al conductor  cada vez que un viajero desea bajarse. Mientras, en su mano porta un gran fajo de billetes.


viernes, 8 de junio de 2018

7 junio 2018 KENIA (llegada)

En diciembre de 2016 finalicé un viaje por tres países sorprendentes:  Egipto, Sudán y Etiopía, desde El Cairo a Addis Abeba, lo que supuso atravesar el Sahara Oriental en bicicleta. Mi idea, originariamente, era continuar viaje, pero determinadas circunstancias hicieron que lo interrumpiera, prometiéndome, eso sí, volver.

KENIA

NAIROBI


9:15 de la mañana en Santiago de Compostela. Tomo un avión de Iberia que me enlaza con otro de Egiptair que a su vez me enlaza en El Cairo con otro que me deja finalmente en Nairobi (Kenia) a las 3:35 horas del dia 7, es decir, al dia siguiente.

En total fueron más de dieciocho horas entre aviones y aeropuertos. Menos mal que el cariño por la bici y por viajar lo compensa casi todo.

PARA VIAJEROS MOCHLEROS: En Madrid recibo el primer sobresalto por parte de la empleada de Egiptair que me comunica que no puede darme la tarjeta de embarque porque llevo billete solo de ida. Necesito, según las normas de Kenia, un billete de salida del país. Por fortuna tenia la E-VISA que gestioné por correo con la embajada y eso calmó los ánimos de esta empleada de estricto proceder. Claro, pensó, si Kenia le da el visado para entrar en su pais, quien soy yo para negarle la entrada. Ufff, fue un rato de mucha tensión por mi parte. Así que no esperes a sacar el visado en el aeropuerto de llegada si piensas viajar sin billete de regreso.

Y como esto es África pues a la llegada a Nairobi el tranfer que tenia concertado no se presentó. Llamada por teléfono a horas intempestivas y que en diez minutos me recogen. JA¡, aquí los ritmos y el significado de las palabras a veces son muy distintos así que los diez minutos se convirtieron en cuarenta y cinco mientras iba rechazando a una legión de taxistas que, lógicamente, ofrecían sus servicios.

Pero bueno, aquí estoy ya. He descansado, desembalado la bicicleta y tomé mi primera pildorita para prevenir la malaria. Ahora quedo a la espera por si me produce algún tipo de reacción o rechazo, cosa que mejor no ocurra ya que la alternativa es seguir viajando sin esa prevención.

Son las seis de la tarde y ya no hay luz en las calles. Aquí oscurece antes, lógicamente, pero es que hoy concretamente el tiempo climático es más propio de Galicia. Y digo bien porque llueve, y las temperaturas están entre los 22 de máxima y 12 de mínima. Y yo esperando meses para viajar porque ahora empieza la temporada seca. Pues menos mal.

Estoy lejos del centro de ciudad, así que la alimentación corre a cargo de Rosemary, la gerente de este homestay donde me alojo. Y claro, me ha dado ya en un solo dia, un adelanto del tipo de alimentación que se estila por la zona, que básicamente son hortalizas y cereales. De momento, creo que voy por el buen camino para estilizar mi figura.  He comido bajo en sal y en azucar, y no he probado en casi tres días el alcohol y el café. ¡¡Socorro!!.  Eso sí, preveo comer fruta en abundancia a un precio bueno.