22 de junio MANZASE
Nunca me ha gustado el bullicio de las grandes ciudades en general. Por África es aún peor, me pongo nervioso en cuanto entro en una de ellas, tal es el caso de DODOMA. En realidad es una ciudad grande, sin grandeza. El tráfico, la gente en la calle, el bullicio, la tierra y el polvo lo dominan todo. Incluso paseando me invade una especie de desasosiego que me invita a alejarme inmediatamente. Pero aquí no hay circunvalaciones así que en realidad no queda mas remedio que atravesar la ciudad para continuar viaje hacia el sur.
Así pues hay poco o nada que contar. En realidad nada en los últimos días. Es lógico después de un tiempo recorriendo Tanzania, que dicho sea de paso, es enorme.
Los paisajes de Tanzania que yo recorro son verdes, a veces con árboles altos, a veces pura sabana. Algo rutinario a mi retina. La gente varía muy poco en su carácter salvo cerca de las poblaciones mayores pero eso es común en cualquier lugar del mundo, pienso yo. Total, que a estas alturas llevo pocas sorpresas respecto a lo vivido desde mi salida de Kenya. Aún me quedan unos cientos de kilómetros hasta llegar a Malawi, y deseo que emociones buenas no me falten.
Camino de Manzase centro la atención en la falta de agua que sufre la población.
Estamos en temporada seca y el lecho de los rios están absolutamente llenos de tierra y arena rojiza. Es algo que ocurre a todo lo largo de mi ruta. La carretera y los caminos se llenan de gente joven y niños en busca de agua; unas veces cerca de la vivienda pero la mayor parte de las veces bastante alejado. Bicicletas carenadas de garafas, personas con un palo que se cuelgan a la espalda cargando una garrafa a cada lado,
niños en fila india, cada cual con su carga ajustada a su tamaño, mujeres con sus bebés a la espalda y dos calderos llenos, uno en la cabeza y otro en su mano. Son como animales de carga caminando torcido buscando un equilibrio. Es habitual encontrar personas en el lecho seco de un río escarbando pozos en busca de los últimos depósitos de agua en lo más profundo del suelo.
Ves estas situaciones y piensas, piensas mucho por comparación con las vidas de los de allá en Europa. No entraré en dar lecciones de moralina a nadie pero un viaje a pie de calle por esas tierras nos removería las conciencias. Ver a criaturas de menos de diez años transportando agua sobre sus cabezas, descalzos, y mal alimentados no te deja indiferente.
En un momento del camino, y utilizando como escusa que un hombre fabrica ladrillos de barro próximo a la carretera, me acerqué, más con la idea de saludar a los niños que transportaban agua en cubos sobre sus cabezas. Bueno, bueno, la que se lió en un momento. Alguno de los mas pequeñitos, en cuanto vieron mi proximidad soltaron los cubos y las garrafas y salieron corriendo para escapar de mi. Uno lloraba y tenía encima el susto de su vida. Me senté sobre la barra de la bicicleta, en actitud tranquila y pasiva y les invité con gestos para que vinieran a saludarme. Les costó, y no todos acudieron, pero una niña más valiente tomó la iniciativa. Mejor que contarlo yo, ver este vídeo cortito.
BUSCANDO DONDE DORMIR
Como siempre me paro y pregunto. Es difícil la comunicación porque la gente por aquí se expresan entre ellos en suajili, su lengua materna. Pero casi siempre surge alguien que habla inglés en mayor o menor medida y le echa voluntad para entenderme a mi, que solo se cuatro cositas en este idioma, y buscar una solucción donde alojarme. En este caso se presentó como salido de no se donde un tiparrón de unos treinta y tantos, muy dispuesto, bien vestido y con don de gentes, se le notaba. Claro, es profesor de escuela y, como en cualquier parte del mundo, alguien normalmente respetado. Pues ya está, no te preocupes, te vienes a mi casa y duermes en tu tienda en un espacio cerrado y protegido. Esta zona es peligrosa - palabras de él - pero no hay problema. Llegamos a su vivienda y me presentó a su mujer y a su hijo, un crío de tres años. También a dos chicas muy jóvenes que vivían en la casa.
Una hora después íbamos en moto a través de caminos interiores a ver a los farmers que trabajaban sus tierras, las del profesor. Me enseña orgulloso su producción de pipas de girasol, una gran cantidad de sacos llenos que luego transformarán en aceite para consumo propio.
Los niños más pequeñitos de la aldea salieron corriendo y llorando desconsoladamente al verme. La mayoría jamas a visto a un hombre distinto y me temen. Me fastidia porque ya era la segunda vez a lo largo del dia. Que a un ñiño yo le cause terror me jode un poco. Afortunadamente las cosas se fueron tranquilizando y hasta nos hicimos alguna foto.
Regresamos a la casa del profesor dando un rodeo y visitando un mercadillo local organizado por y para agricultores del entorno.
El mozungu, o sea, yo, el hombre blanco era motivo de curiosidad y risitas. Y aunque era un gesto de amabilidad solo usado con quien le caes bien, no acababa de gustarme que mi anfitrión me paseara por el marcado cogiéndome de la mano (jeje). Influencias del mundo árabe, supongo.
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| sal en bloques |
El viajar como viajo te convierte en una persona precavida, observadora y hasta desconfiada. Durante el tiempo que pasé con mi anfitrión vi cosas que no me gustaron. No voy a criticarlo, igual soy injusto pero están fuera de mi modo de ser ideológicamente. Los granjeros de sus tierras eran una especie de asalariados sin salario. Es como cuando en España existía la figura del cacique que te permitía trabajar sus tierras a cambio de una buena parte de la cosecha a modo de impuestos.
Y en la casa donde reside con su familia, aquellas dos chicas, de no más de catorce años, estaban en una condición similar. Eran absolutas servidoras de sus amos. Un detalle: Mi anfitrión tiene el teléfono cargando a metro y medio de donde está tumbado en el sofá. Recibe un mensaje y llama a una de las chicas que se acerca, le da el móvil y espera de pie cual estatua de mármol a que acabe el señorito de leer el mensaje para colocarle el teléfono en posición de carga. Así al menos hasta una decena de veces cuando estirar el puñetero brazo hubiera sido suficiente sin joder a nadie.
No olvido el importante detalle de que mi anfitrión presume delante de mi de poseer casa en Dodoma, la gran cuidad, a la que acude los fines de semana. En fin, que da a entender que materialmente y socialmente está buena situación.
SORPRESA MAÑANERA
Advertí que a las seis de a mañana me levantaba. Era viernes así que no había clase al dia siguiente y esta gente tenia el dia libre. Asi pues me sorprendí al ver que antes de esa hora ya se levantaban sin especular con ruidos y movimiento. Salgo de la tienda de campaña, buenos dias, qué tal has dormido... recojo la tienda y ya listo para la partida mi anfitrión se acerca a mi con una libreta y su móvil utilizando el traductor de Google. Rápido entendí que era impoprtante que yo comprendiera bien lo que me decía. Y lo que decia era que le diera mi email y el wassapp. Y me pedía "una ayuda de 20.000 TZ" como pago, supongo, por los servicios prestados. Joder, que mal me sentó el asunto. ¿Me ofreces ayuda y ahora me quieres cobrar?. Que mira, muchacho, que yo viajo en bicicleta, que duermo en tienda de campaña y que mi dinero lo necesito para comer. Y todo esto se lo digo chapurreando el inglés, que ya no sé bien si entendió la parrafada o es que me vio la cara de mala leche que le puse. Joder, abandoné el sitio cabreado como una mona.
23 junio METERA
Aqui hago noche. Es como un oasis en medio de un desierto. Iba a acampar unos kilómetros antes pero ante la pregunta de rigor, ¿hay donde dormir por aqui? me indican que a tres kilometros. Ni en el mapa venia señalado, en cambio dispone de cuatro pensiones. Y dado que tengo cama, sabana limpia, ducha y hasta lugar para lavar ropa me quedo un dia más para salir descansado.